El
encuentro mundial de fotoperiodistas festejó su decimoquinto
aniversario, desde el 1 al 9 de septiembre, en Perpignan.
Habitué del festival, el filósofo Jean Baudrillard
critica la dominación de las imágenes dolorosas
y la profusión extrema de fotos no decodificables.
Hace muchos años que se ve a Jean Baudrillard,
frecuentar discretamente las exposiciones y las proyecciones
del festival Visa para la imagen de Perpignan, cuya 15ª
edición se realizó en la primera semana de setiembre
último. El filósofo y agitador de ideas, teórico
de la realidad y de sus representaciones, fotógrafo
él mismo, se expresa por primera vez sobre este encuentro
mundial de fotoperiodismo.
¿Por qué va usted al festival Visa para
la imagen?
Perpignan es para mí un placer, un libertinaje
serio, un yacimiento en bruto de acontecimientos y de imágenes
en el cual yo me paseo en estado salvaje, dejándome
sorprender. Comparto el flujo de las imágenes expuestas
y hago mi cocina.
¿Qué mirada pone usted sobre Visa?
La población local no está verdaderamente
involucrada, o quizá lo está de un modo turístico,
por este acontecimiento que le parece excepcional, que ella
no ha iniciado, que ella no puede, entonces, apropiarse. Pasa
lo mismo en todos los festivales. Visa es, en principio, un
"retorno-imagen" del fotógrafo sobre sí
mismo y sobre su profesión. Su referente está
constituido por los acontecimientos del planeta que él
ha fotografiado, pero aún más, por la presencia,
en Perpignan, de su tribu, la del fotoperiodismo. Los fotógrafos
se reencuentran, se reenvían su espejo.
Perpignan, es sabido, está dominado por un
discurso "victimalista" y “miserabilista”
aplicado en fotos dolorosas. El fotoperiodismo, contrariamente
a otros dominios de la fotografía, privilegia siempre
lo espectacular. Veo en Visa muchas imágenes sobrecargadas
de signos, como la de la virgen algeriana, cuyo fetichismo
está próximo a las imágenes de estrellas
de cine. Esos iconos dan la vuelta al mundo, son productos
globalizados. Esta puesta de las víctimas en primer
plano sostenida por un discurso piadoso, pesa mucho. Deviene
en un chantaje a los espectadores, a quienes se les exhibe
e impone un dolor.
¿Cómo aprecia usted el trabajo de los reporteros?
Evacuemos la cuestión del riesgo corrido sobre
el terreno ya que ellos lo asumen. No me gustaría estar
en la piel de ellos, ya que su posición es extremadamente
ambigua. Están a la vez dentro del acontecimiento y
fuera de él. Su implicación es efímera.
A priori son solidarios de las víctimas y de la destreza
humana pero su lugar natural está del otro lado, con
aquellos que miran y dejan hacer. Son irresponsables en el
sentido de que no intervienen. Su irresponsabilidad está
cercana a la del consumidor de las fotos. Ellos tienden a
las víctimas el espejo de su destreza antes de enviar
la imagen al «otro lado» para que sea comercializada
y consumida.
¿Qué hace usted con lo testimonial, quién
justifica esas fotos?
Ese es un apostolado enarbolado por todos, desde los
medios a los hombres políticos, con una buena dosis
de intoxicación. Hay una forma de asesinato en la foto
de prensa. Toda esa gente que revienta de hambre y da su imagen,
a la que jamás podremos pagarle la deuda que tenemos.
Sobre todo en una economía globalizada. Este dolor
fotografiado es un yacimiento de materias primas que permite
la rotación de la economía de la información.
Lo testimonial es una justificación. Existe
solo si se vive en un tiempo de memoria que induce al retroceso
y al juicio. A partir del momento en que nosotros vivimos
dentro de un tiempo real, en el cual los acontecimientos desfilan
como en una travesía, el tiempo de la reflexión
está en corto circuito. La pantalla ha quebrado la
distancia entre el acontecimiento, la imagen, la percepción.
La pantalla hace pantalla a la imaginación. Y cuando
la imaginación ya no es posible…
¿Poner en cuestión lo testimonial, no es
romper eso que une la realidad a la imagen de prensa?
Visa, como los diarios, quiere anclar, en efecto,
las fotos dentro de la realidad. Estas últimas no están
colgadas y comentadas en tanto que imágenes sino en
tanto que fragmentos de realidad. Se le atribuye una información,
se le da un sentido político. Haciendo eso se violenta
a esas imágenes de violencia. Es hacerse muchas ilusiones
creer que las imágenes pueden dar testimonio sobre
la realidad. La información es una zona fría
que se recibe como tal. La imagen es una representación
distinta de lo real. Es un objeto precioso cuando da cuenta
de ese déficit de realidad, cuando es a la vez presencia
y ausencia. Se transmite mucho más información
con el texto.
-Se dice sin embargo que una foto fuerte puede generar
una toma de conciencia, de acciones.
Se lo dijo para la guerra de Vietnam, y se ha vuelto mucho
sobre eso. Las personas actúan en función de
lo que son, y no en función de las imágenes
que ven. Más bien es la indiferencia la que domina
ante las fotos de información. Ellas se han transformado
en muy familiares como para tocarnos. Estamos acostumbrados.
Nos es necesario siempre más. La proliferación
de imágenes es tal que hemos franqueado un umbral crítico
que impide una verdadera decodificación.
Perpignan reproduce ésta profusión. El público
ve allí millares de fotos como en una pantalla de televisión.
No se le da parámetros. Las ve pasar, no puede juzgarlas,
hacer la diferencia, excluir. La distancia, el juicio, el
placer de la imagen es una dramaturgia en la que pocos participan.
La cuestión es tan compleja que yo mismo no sé
más que está bien o no. Y luego, allá
todavía, todo ese sufrimiento debería tocarnos.
Es más bien el efecto inverso el que se produce. Las
personas son sensibilizadas de manera efímera. Las
fotos crean un pánico artificial que provoca una reacción
de defensa del espectador. Y cuando algunas raras imágenes
se quedan en una «verdad» sin exceso, la gente
duda de su valor de información.
¿Cómo sería un mundo sin fotos de
actualidad?
Eso sería una privación ambiental. Tendríamos
la impresión de estar privados de alguna cosa y de
no saber nada del mundo.
¿Qué hace falta para que las imágenes
de prensa escapen al desborde visual?
Primero ellas deben ser despojadas de esta sobrecarga
política, estética, de información. Es
necesaria una transferencia poética para ser conmovido.
Haría falta que el contenido pudiera dejar a la imaginación
el medio de abrirse un camino dentro de la imagen. Yo pienso
sobre todo en imágenes en bruto, encuentro algunas
en Perpignan. Pienso también en esas fotos cercanas
a la antropología, que no son formateadas por la economía
que las genera. Para evitar la contaminación, es necesario
también el vacío entre las fotos y dentro de
las fotos. Warhol decía que hace falta reintroducir
la nada en la imagen.
¿Un acontecimiento puede todavía generar
ese tipo de imágenes?
La destrucción de las torres del World Trade
Center. El suceso no fue anulado por la imagen porque, por
una vez, la imagen está en el corazón del acontecimiento.
Las imágenes no son un duplicado del acontecimiento
pero forman parte de él.
¿Los profesionales del fotoperiodismo podrían
hacerse cargo de las dudas que usted tiene?
Los debates sobre el fotoperiodismo tratan sobre la
salud económica de la profesión, las tecnologías,
el derecho a la imagen. Nunca, sobre las imágenes mismas.
Es normal. Abrir ese debate, es comenzar a socavar los cimientos
de una profesión.
Le Monde, París