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La generación del conocimiento nuevo
no es algo que suceda sin estímulo

 

 

Por Frank Gannon *


No son muchas las personas que saben que en el año 2000 los primeros ministros europeos decidieron colectivamente en Lisboa que Europa tenía que convertirse en “el líder mundial de una economía basada en el conocimiento” para 2010.


Se trata de una decisión tan sensata como importante para todos nosotros. Nuestra calidad de vida y nuestro bienestar económico parecen hoy estables y arraigados; sin embargo, todos somos conscientes de que la producción industrial, incluso de los productos más complejos, puede desplazarse con rapidez desde nuestras economías relativamente caras hasta las del Este, donde la fabricación ofrecerá mayores beneficios.


Si el goteo de transferencias de industrias se convierte en un torrente, ¿de dónde procederán los futuros puestos de trabajo? La fabricación rutinaria no es la respuesta, la provisión de servicios tiene un alcance limitado, la agricultura sostiene a un número decreciente de trabajadores, de modo que la pregunta es real: ¿qué haremos?


La respuesta de la conferencia de Lisboa fue la apropiada. Debemos basarnos en la fuerza que en la actualidad nos diferencia de las economías emergentes del planeta, el ámbito que suele describirse como una economía basada en el conocimiento. No veo otra alternativa posible.


Si vamos a depender de una economía basada en el conocimiento, hay algunas consecuencias claras; entre ellas, la más evidente es que tenemos que generar más conocimiento que nos permita capturar nuevas áreas susceptibles de ser desarrolladas y convertidas en empresas rentables.


Ahora bien, la generación de conocimiento nuevo no es algo que suceda sin estímulo. En esto no se diferencia de cualquier otro sector económico. La investigación exige recursos e inversión. Las cifras aquí no son prometedoras.


Europa dedica al I+D el 1,9 por ciento del PIB, mientras que Estados Unidos y Japón gastan aproximadamente un 50 por ciento más. No podemos pretender que somos un 50 por ciento más inteligentes o que nos esforzamos un 50 por ciento más que quienes trabajaban en los laboratorios de otras partes del mundo.


La carrera por el conocimiento y la supremacía económica


Estamos condenados a perder la carrera si no aumentamos el monto de inversión para estimular las actividades de investigación; y, de no lograrlo, el fracaso será percibido por todos los ciudadanos.

Por fortuna, los dirigentes de los países europeos también han reconocido este hecho y han decidido que el grado de apoyo a la investigación deberá incrementarse hasta el tres por ciento en el año 2010. Sin embargo, hasta ahora las palabras no han ido acompañadas de hechos.


Con todo, no se trata sólo de dar más dinero a un sistema, sino que éste debe darse de un modo que garantice la mayor calidad de la investigación, porque así se generará la calidad superior del conocimiento. Con el conocimiento nuevo viene la novedad, y la novedad proporciona oportunidades nuevas. Por esta razón, muchos científicos y gestores de la investigación de toda Europa han dedicado múltiples reuniones a debatir la posibilidad de crear un Consejo Europeo de Investigación.


Este organismo operaría en el contexto europeo más que en el seno de las estructuras nacionales o regionales, que, si bien son esenciales por razones estratégicas y de formación, no constituyen necesariamente el mejor vehículo para el impulso de la investigación a los niveles más elevados. La ciencia es internacional y también debería serlo su financiación.


La investigación es una cuestión comunitaria


La noción de “área de investigación europea”, admirablemente promovida por el comisario europeo de Investigación, Philippe Busquin, debe convertirse en un componente principal del futuro de la investigación en Europa.

En la actualidad, la investigación europea se financia a través de programas marco que apuntan más al desarrollo que a la generación de conocimiento. Un Consejo Europeo de Investigación proporcionaría el componente necesario para garantizar que los programas de investigación son los adecuados para que el desarrollo continúe y crezca en Europa.


Deben encontrarse fondos para esta actividad; y un objetivo evidente son los que en la actualidad se transfieren a la Política Agrícola Común (PAC). Una transferencia a la investigación del 1 por ciento de los fondos agrícolas europeos quizá sea cuanto se necesite al principio para crear un Consejo Europeo de Investigación, y considero que el rendimiento de la inversión será muchísimo mayor que el rendimiento de esa pequeña proporción de la PAC.


Así que todo está dispuesto. El análisis de los políticos, en el plano teórico, ha llegado a la conclusión de que debemos tener una economía basada en el conocimiento. Su análisis también ha concluido que se necesitan más fondos.

La comunidad científica ha demostrado, por medio de muchas acciones a lo largo de los últimos 18 meses, que está preparada para participar plenamente en la producción de la investigación necesaria para alcanzar estos nuevos objetivos. Lo que hace falta ahora es una acción política y no tanto análisis. Y para que ésta se produzca tiene que existir una conciencia de que se pueden ganar o perder votos por culpa de dicha cuestión.

Esta conciencia aparecerá muy deprisa si las economías de la Unión Europea no se levantan cuando la economía mundial avance otra vez y nos demos cuenta entonces de que no hemos creado el sistema de generación de conocimiento que exigirá la nueva economía. Es evidente, pues, que hoy se ha vuelto imperioso dar una mayor prioridad política a la investigación.


* Director ejecutivo de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO)


Traducción: J. Guix

Editor: Hernando Albornoz. Editado en Buenos Aires, República Argentina. Las notas firmadas no necesariamente reflejan la opinión del editor. Prohibida su reproducción total o parcial (Ley 17.319)

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