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Apartheid
alimentario en la Argentina:
A más 30 años de la Revolución Verde
Por
Benjamín Backwell y Pablo Stefanoni *
De productor de alimentos de alta calidad durante décadas,
la Argentina ha pasado a proveer aceites y forrajes para el
ganado del “primer mundo”. Las cosechas récord
no contrarrestan un modelo agroalimentario que ha contribuido
a agravar la inseguridad alimentaria. Con el argumento de
la lucha contra el hambre, la Asociación Argentina
de Productores en Siembra Directa puso en marcha la campaña
“Soja Solidaria” para incorporar a los propios
excluidos como consumidores del principal producto de la “nueva
agricultura”.
Si bien la producción de soja viene expandiéndose
desde los años ’80, su asociación con
la siembra directa y la utilización de semillas genéticamente
modificadas
(GM) Roundup Ready (RR)
–resistentes al herbicida glifosato-
ha marcado un punto de inflexión, a partir del cual
se produjo un crecimiento vertiginoso que posicionó
a la soja como el cultivo más sembrado a escala nacional,
seguido por el trigo. La simplificación del manejo
de las malezas a través de un solo herbicida fue la
punta de lanza para el exitoso ingreso de esta variedad desarrollada
por la firma estadounidense Monsanto, que posee patentados
sus derechos de propiedad sobre las semillas RR y su descendencia.
“Tal como está armado el paquete tecnológico,
la siembre directa y la soja RR van de la mano”, explica
Miguel Teubal, investigador del Centro de Estudios Avanzados
de la Universidad de Buenos Aires
(UBA). “Con la introducción de la soja
RR y la siembra directa los productores pueden realizar dos
cosechas al año –por ejemplo, trigo
y soja de segunda- lo que, según datos
disponibles, está requiriendo dosis crecientes de glifosato
para acabar con las malezas”.
“Muchos siguen repitiendo que la Argentina es el granero
del mundo, pero ese es un diagnóstico equivocado”,
señala Jorge Rulli, uno de los principales referentes
del Grupo de Reflexión Rural
(I). “El actual modelo agropecuario, basado
en la producción de soja GM, nos está transformando
en una republiqueta sojera. El monocultivo está destruyendo
la seguridad alimentaria y la vida rural, y en ese sentido
es la antesala del hambre”, sentenció.
Las estadísticas confirman sus apreciaciones. La superficie
sembrada dedicada a la producción de soja aumentó
de casi cinco millones de hectáreas, a comienzos de
los años ’90, hasta 11,6 millones en 2001/02.
En el mismo período, la producción física
de la oleaginosa pasó de 10 millones de toneladas a
un récord de 30 millones , transformando a la Argentina
en el segundo productor mundial de soja transgénica
–detrás
de EE.UU- y en el primer exportador de aceite
y harina de soja.
Según datos oficiales, su cultivo pasó a representar
alrededor del 42% de la superficie y el 44% del volumen total
de granos producidos en el país
(II).
Las expectativas siguen acompañando el “aluvión
de la soja”: Especialistas en economía agropecuaria
arriesgaron que el crecimiento podría elevarse más
allá de los 12,7 millones de hectáreas previstas
inicialmente para la campaña 2002/03, con lo que el
volumen final de la cosecha rondaría los 35 millones
de toneladas, marcando un nuevo pico histórico (III).
La producción sojera se ha expandido a lo largo y a
lo ancho del país, a costa de tradicionales producciones
agrícolo-ganaderas. Las provincias de Santa Fe, Córdoba
y Buenos Aires, ocupan los primeros lugares en el nuevo mapa
de la soja. Pero otras zonas, como Bandera en la provincia
de Santiago del Estero, con una superficie agrícola
de 200.000 hectáreas, lograron posicionarse en el mapa
nacional y hoy Santiago del Estero es la cuarta provincia
productora de soja; su superficie cultivada con la oleaginosa
pasó de 94.500 hectáreas en 1995/6, antes de
la adopción de la soja RR, a 323.000 en 2000/1
(IV).
Estas transformaciones no han pasado inadvertidas para los
operadores inmobiliarios: la hectárea, que antes de
la devaluación, cotizaba entre 600 y 800 dólares,
hoy vale alrededor de 1.000
(V).
En la provincia de Catamarca se están produciendo dos
cosechas de soja por año.
“Inmediatamente por atrás de las cosechadoras
vamos sembrando la soja para la segunda producción”,
explica el jefe de producción de la empresa Ingeco
SA, Felipe Torres Posse, quien afirma que la ecuación
económica es muy buena bajo este esquema, por lo que
las dos cosechas anuales de soja se podrían extender
a toda la región del Noroeste bajo riego
(VI).
Walter Pengue, experto en Mejoramiento Genético Vegetal
de la UBA advierte que “se están reemplazando
otros cultivos y sistemas productivos, y si esto se pudiera
cambiar al año siguiente no sería un problema,
pero lo que está sucediendo es que se están
levantando montes enteros, frutales, tambos, para la siembra
de soja y se está eliminando la diversidad productiva”.
La expansión de la frontera agropecuaria amenaza seriamente
reservas de biodiversidad como la selva de los Yungas en el
norte argentino, cuya superficie es progresivamente ocupada
por la verde uniformidad de la soja. Según el director
de la Fundación Vida Silvestre, Javier Corcuera, “en
la zona ya se perdieron
–para siempre- más de 130.000
hectáreas de selva pedemontana, debido al avance de
monocultivos, como caña de azúcar, banana y
soja”, y alertó que “si sigue este camino,
a Salta le espera un futuro cercano con más inundaciones
y menos recursos naturales para sus habitantes”
(VII).
Agricultura sin agricultores
De esta forma, mientras el hambre alcanza niveles récord
en la Argentina, enormes superficies cultivables se transforman
en “hectáreas fantasmas”, dedicadas a producir
comodities para la exportación –aceites
y alimentos para el ganado- e incapaces de garantizar
la seguridad alimentaria en el territorio nacional.
Así, la lógica del monocultivo, propia de los
países más vulnerables del mundo, se va introduciendo
paulatinamente por los poros de un modelo agroalimentario
cada vez más dependiente de los paquetes tecnológicos
de las multinacionales, ante la falta de reacción pública
de un país con una fuerte cultura urbana y tradicionalmente
alejado de la problemática rural y agroalimentaria.
Un claro contraste con las sociedades europeas, que presionan
exitosamente a sus gobiernos para conseguir el etiquetado
de los productos con componentes transgénicos, a los
que llaman “comida Frankestein”.
Pese a las numerosas advertencias sobre los potenciales riesgos
de las modificaciones genéticas para la salud humana,
la introducción de la soja RR fue autorizada sin debate
público, mediante una resolución administrativa
de la Secretaría de Agricultura –bajo
la gestión de Felipe Solá-, y sin
la participación del Congreso Nacional. “No hay
ninguna ley, ni se realizaron ensayos previos por parte de
los organismos oficiales. Se tomaron decisiones a partir de
ensayos realizados por las propias empresas interesadas”,
informó Pengue.
En apenas dos décadas la soja pasó a ser en
la Argentina un “producto estratégico”,
lo que transformó al país en un “lugar
estratégico” para Monsanto. Sus esfuerzos “colonizadores”
dieron sus frutos: más del 95% de la producción
local de soja es transgénica, producida con semillas
RR, y la facturación de la firma en el país
aumentó de $326 millones en 1998 a $584 millones en
2001.
Anticipándose al derrumbe financiero y a la devaluación,
Monsanto inauguró en la localidad bonaerense de Zárate
una nueva planta para la elaboración de glifosato,
materia prima del herbicida Roundup, hasta ahora importado
de Estados Unidos.
“La principal ventaja de las semillas RR para los productores
se vincula a la disminución de costos. La tecnología
desarrollada es principalmente ahorradora de mano de obra,
pero no brinda necesariamente mejoras en los rindes por hectárea”,
explica Teubal. Los productores ya no tienen que realizar
tareas de desmalezamiento y se facilitan las tareas de siembra
–con la técnica de siembra directa-
por lo que la cantidad requerida de trabajadores disminuye
(VIII).
Si bien no existen estudios que hayan medido el impacto de
las nuevas tecnologías sobre la expulsión de
trabajadores rurales, de acuerdo a las estimaciones realizadas
“la incorporación de la soja RR ‘ahorra’
entre un 28% y un 37% de la mano de obra en las tareas de
siembra (según
la zona y las características de la producción),
siendo indiferente con respecto a las tareas de cosecha”
(IX).
De esta forma se tiende a consolidar un modelo de “agricultura
sin agricultores”, que incrementa fuertemente la dependencia
de los productores –usuarios
de los paquetes tecnológicos- y cercena
progresivamente su capacidad de decisión autónoma
sobre qué y cómo producir. Al mismo tiempo,
las economías de escala derivadas de la mecanización
de la agricultura y los métodos de siembra directa
indujeron una fuerte concentración de las explotaciones
que dejó afuera a una gran cantidad de pequeños
agricultores.
Según estimaciones de una encuesta privada en casi
toda la región pampeana, la cantidad de explotaciones
se redujo un 31% en el período 1992 – 1997 (X).
En los márgenes de las grandes ciudades “los
saberes que los trabajadores rurales expulsados tenían
en el campo les serán negados, deteriorando su autoestima,
y potenciando los conflictos del desarraigo. Así, las
personas se convierten en una especie de ‘inválidos’,
pasando a depender de los planes asistenciales y el clientelismo
político”, señaló Rulli.
Las consecuencias de estas transformaciones regresivas en
la vida rural, junto a las políticas de ajuste y exclusión
social, fueron destruyendo la seguridad alimentaria en el
país, imposibilitando el acceso a los alimentos de
grandes masas de la población, reduciendo la diversidad
productiva y separando cada vez más a los productores
de los consumidores.
“A
nivel del sistema agroalimentario –producción
y distribución de alimentos- la concentración
de capital en las últimas décadas es equiparable
a la concentración del ingreso y la riqueza que se
operó en el resto de la economía nacional”,
dijo Teubal; y alerta sobre los riesgos del proceso en marcha:
“En muchos sentidos la Argentina no era un típico
país agroexportador, porque exportábamos los
mismos productos que consumíamos, y eso era una fuente
de seguridad alimentaria, pero la introducción de los
cultivos de soja GM ha incrementado fuertemente nuestra vulnerabilidad”.
“Productos básicos de la dieta argentina como
arvejas, lentejas, porotos o maíz amarillo empiezan
a ser más escasos, porque entramos en un planteo de
ser monoproductoes y se está uniformando todo con soja”,
advirtió Pengue; al tiempo que señala los intentos
de legitimar las transformaciones en curso mediante una fuerte
campaña mediática sobre los “beneficios
nutricionales” de la soja.
Dependencia y uniformación
La otra cara de la moneda de esta transición hacia
una suerte de “republiqueta sojera” se vincula
al objetivo de incorporar a los propios excluidos por el modelo
como consumidores del principal producto de la “nueva
agricultura”, con el argumento de reforzar la lucha
contra el hambre.
La Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa
(AAPRESID) –integrada
por los grandes productores de soja RR- han puesto
en marcha la campaña “Soja Solidaria” consistente
en la donación del 1‰ de sus cosechas con el
objetivo de “acabar con el hambre en Argentina”.
Contra la opinión de numerosos especialistas, AAPRESID
afirma que la soja es un alimento de alta calidad que “prácticamente
puede reemplazar a la carne en nuestra dieta" (XI).
La campaña es apoyada por los grandes medios de comunicación,
que llegan a publicitar a “Soja Solidaria” como
una “brillante idea que puede cambiar la historia”(XII)
. El columnista de Clarín Rural y uno de los impulsores
de la iniciativa, Héctor Huergo, señalÓ
que la soja “es un alimento completísimo,
(al que) sólo le resta entrar en nuestra
cultura”. Y sostiene que el gobierno podría ahorrar
dinero reemplazando los actuales planes de ayuda social por
una cadena solidaria “costo cero”, consistente
en una red de provisión de alimentos elaborados a base
de soja. “¿Por qué gastar 350 millones
de pesos si un esquema solidario logra ahorrárnoslos?”
se pregunta (XIII).
Los cargamentos de “Soja Solidaria” llegan a casi
todo el país, ayudados por las donaciones de gasoil
de Chevron-Texaco. En pocos meses han logrado introducir el
consumo de soja –un alimento casi desconocido en la
dieta nacional- en centenares de comedores, escuelas públicas,
hospitales y geriátricos, mediante una amplia red de
capacitadores encargados de “enseñar” a
cocinar la soja y “difundir sus valores nutritivos”
(XVI).
De acuerdo a la información brindada por el coordinador
de la campaña, Ezequiel Schnyder, unas 700.000 personas
en todo el país se “benefician” directamente
con el programa, aunque “si incluimos a quienes se autogestionan,
y consiguen en forma directa la donación del poroto,
se podría decir que cerca de un millón de personas
están adheridas al Plan, directa o indirectamente”.
Una de las estrategias de los promotores de la campaña
es la donación de máquinas productoras de “leche”
de soja a escuelas o comedores, incapaces de obtener la cantidad
de leche de vaca necesaria para responder a la creciente afluencia
de niños con déficit alimentario. Incluso han
anunciado la donación de una “planta solidaria”
al Hogar Madre Tres Veces Admirable de la Ciudad de La Plata
–gestionado
por el sacerdote Carlos Cajade- para producir
“leche”, hamburguesas, milanesas y golosinas de
soja y repartirlas entre los comedores sociales de la región,
además de alimentar a los jóvenes del hogar,
que trabajan en la planta. El objetivo es alcanzar una producción
de 30.000 raciones de alimentos por día, con una materia
prima de 1.000 kilos de la legumbre (XV).
De esta forma, los impulsores de la iniciativa aprovechan
la completa ignorancia de la población urbana argentina
en temas agroalimentarios y la superficial asociación
de la soja con “lo natural”. A tal punto, que
algunas asambleas barriales terminaron aceptando a la soja
en sus emprendimientos solidarios como un sustituto de la
carne, la leche o el queso de vaca; alimentos con precios
inaccesibles para gran parte de la población argentina.
Los resultados de la campaña son aún inconmensurables,
pero se pueden avizorar varios elementos de riesgo. Sergio
Britos, investigador del Centro de Estudios sobre Nutrición
Infantil (CESNI),
advierte que “la leche de vaca es una parte irremplazable
de la dieta de los niños, por lo que su reemplazo por
la mal llamada ‘leche’ de soja provoca déficit
de calcio, y la limitada capacidad del organismo para absorber
el hierro presente en la soja aumenta las probabilidades de
anemia”.
Por otra parte, la soja GM consumida en la Argentina posee
altas cantidades de residuos tóxicos. Al igual que
en otros países, los controles estatales fueron flexibilizándose
al ritmo de las necesidades de las transnacionales impulsoras
del “nuevo modelo” agropecuario: hasta el advenimiento
de los cultivos transgénicos, el máximo de residuos
de glifosato permitido en cultivos o alimentos derivados era
de 0,1 ppm, pero a mediados de los años ’90,
junto a la implementación de la soja RR, el máximo
fue establecido en 20 ppm, un incremento de 200 veces el límite
anterior.
Jorge Kaczewer señala que estos vestigios de glifosato
y sus metabolitos en la soja transgénica están
presentes también en alimentos elaborados en base a
la leguminosa, y como los análisis de residuos de glifosato
son complejos y costosos, no son realizados rutinariamente
por el gobierno de EE.UU. (el
primer productor mundial de soja RR) y nunca
fueron realizados en Argentina (XVI).
En julio de 2002, el Foro para un Plan Nacional de Alimentación
y Nutrición, organizado por el Consejo Nacional de
Coordinación de Políticas Sociales, presidido
por Hilda González de Duhalde, elaboró un documento
titulado “Criterios para la incorporación de
la soja”
(XVII). Allí se dice categóricamente
que “el jugo de soja no debe ser denominado leche pues
no la sustituye de ninguna manera”. Al mismo tiempo,
se advierte que la soja no debe ser presentada como una “panacea
alimentaria” y que sólo debe ser consumida en
cantidades moderadas y como parte de una dieta diversificada
y balanceada, se remarca “las consideraciones nutricionales
que desaconsejan su uso en menores de cinco años y
especialmente en menores de dos años”.
Estas conclusiones fueron ratificadas en el proceso de discusión
que culminó con la Jornada de Discusión Técnica
“Soja y Alimentación”, convocada por el
mismo ente estatal en diciembre de 2002. Inclusive, el documento
preliminar, “Consideraciones sobre la soja en la alimentación”,
destaca la necesidad de introducir en la rotulación
de algunos productos elaborados con soja la inscripción
de leyendas aclaratorias: “NO RECOMENDABLE PARA MENORES
DE CINCO AÑOS” (en
los envases de porotos de soja y bebibles de soja),
y la inscripción “ESTE PRODUCTO NO REEMPLAZA
A LA LECHE” en el caso del jugo de soja. Observaciones
que no son tenidas en cuenta por los promotores de la campaña
solidaria, cuya “población objetivo” son
justamente los sectores más vulnerables: niños
y mujeres embarazadas que concurren a comedores asistenciales.
La misma advertencia es realizada en el informe “Mitos
y verdades sobre la soja”
(XVIII), elaborado por la Asociación Argentina
de Dietistas y Nutricionistas Dietistas (AADYND).
Allí se advierte que mientras la leche de vaca contiene
entre 110 y 140 mg de calcio por cada 100 ml, el jugo de soja
sólo contiene entre dos y 13 mg. Por otra parte –continúa
el informe- “la forma en que la naturaleza presenta
al calcio en la leche de vaca es más aprovechable para
nuestro organismo, en tanto que el calcio de origen vegetal
es de pobre utilización”. La alta concentración
de fitatos presente en la soja interfiere su absorción,
al igual que ocurre con el hierro y el zinc, dos minerales
de máxima importancia: el primero, como protector contra
anemias y el segundo, por su papel en los procesos inmunitarios.
“El problema con el poroto de soja es que prácticamente
ninguno de los micronutrientes que tiene es absorbido por
el organismo, entonces ¿qué es lo que provee
la soja? Hidratos de carbono como cualquier otro poroto y
más cantidad de proteínas, que para un mejor
aprovechamiento deberían combinarse con otros cereales
–arroz,
polenta- que le aporten los aminoácidos
que no tienen los porotos de soja”, señala Britos.
Al tiempo, remarca que los problemas de desnutrición
infantil en la Argentina se asocian principalmente al déficit
de micronutrientes (vitaminas, hierro, zinc,
cobre, calcio, etc.), más que a la falta
de proteínas.
A pesar de estas advertencias, las autoridades –nacionales
y provinciales- miran para otro lado, mientras
la “Soja Solidaria” impone nuevos hábitos
alimentarios en función de los intereses de las grandes
empresas semilleras extranjeras y de los terratenientes nativos.
“Tiene que quedar documentada la manera en que se toman
las decisiones y quiénes las toman, porque dentro de
diez años, cuando se analicen los impactos, hay que
saber quiénes son los responsables”, señaló
Pengue, poniendo de relieve un aspecto central de la crisis
actual: la impunidad con la que las clases dirigentes toman
decisiones que afectan a millones de ciudadanos argentinos.
La imposición de la soja en los segmentos más
vulnerables de la población está creando una
suerte de apartheid alimentario. Mientras las clases acomodadas
pueden continuar con una dieta diversificada, grandes masas
de excluidos deberán conformarse con “alimentos
para pobres”, consumiendo los excedentes que los grandes
productores agroindustriales no pueden colocar en el mercado
internacional. “El punto es que estos cambios del modelo
alimentario constituyen un negocio, no tienen nada que ver
con las necesidades de la gente. Las semillas GM no resuelven
el problema del hambre, como la Revolución Verde tampoco
lo resolvió”, remarca Teubal.
Para otros analistas los efectos de la economía de
la soja son aún más alarmantes. “Es un
caso único en el mundo. Nos estamos transformando en
dependientes, adictos a la soja. Yo creo que con esto la Argentina
se anticipa al ALCA (Área
de Libre Comercio de las Américas), en
el sentido de que se nos asignó un rol como país
en la división internacional del trabajo en los marcos
de la globalización. Un rol de productores de soja”,
sentencia Rulli.
Mientras tanto, estas iniciativas “solidarias”
sustentadas en la idea de que “pobres habrá siempre”,
amenazan con arrasar la diversidad nutricional que caracterizó
históricamente a Argentina, repartiendo entre los pobres
las sobras del modelo, y subordinándolos con el eufemismo
de “enseñarles a comer”.
La autonomía de las conductas de millones de personas
está en juego ante la uniformación de las prácticas
alimentarias operadas bajo la hegemonía de los oligopolios
productores de semillas GM y alimentos y, con ella, la capacidad
para formar ciudadanos libres y dotados de un pensamiento
crítico capaz de transformar la realidad en beneficio
de las grandes mayorías nacionales.
* B.B. (politólogo,
periodista) y P.S. (economista,
periodista)
El negocio del hambre en Argentina
Le Monde Diplomatique – Nº 44
LMD Ed. Cono Sur
I - Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca
y Alimentación (SAGPyA)
II - SAGPyA, “El quinquenio de la soja transgénica”
www.sagpya.mecon.gov.ar
III - La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 02-12-02 en
www.agrositio.com.ar
IV - SAGPyA.
V - Clarín Rural, Buenos Aires, 30-11-02
VI - La Capital, Rosario, 23-12-02
VII - www.worldfashion.com.ar/ecologia/vida3.htm .
VIII - Por otro lado, los precios de glifosato y las semillas
RR que se pagan en la Argentina son sensiblemente inferiores
a los de EE.UU. o Europa, y Monsanto muestra una mayor flexibilidad
con relación a la defensa de sus derechos de propiedad
sobre la descendencia de las semillas RR. Esta situación
de “privilegio” es corrientemente asociada a una
estrategia comercial agresiva tendiente a ganar el mercado
argentino, y desde allí acceder en el futuro próximo
a otros países de la región, como Brasil y Bolivia.
IX - Miguel Teubal y Javier Rodríguez, “Neoliberalismo
y Crisis Agraria”, en Norma Giarracca, La Protesta social
en la Argentina, Alianza, Bs. As., 2001.
X - Ibid
XI - www.sojasolidaria.org.ar
XII - Revista Gente, Buenos Aires, 29-01-02
XIII - Ibid
XIV - Angelita Bianculli, de la Asociación Civil La
Esquina de las Flores participa activamente en la campaña.
Entre febrero y agosto de 2002 organizó alrededor de
250 cursos en la Ciudad de Buenos Aires y diferentes localidades
del interior del país, www.sojasolidaria.org.ar
XV - Clarín Rural, Buenos Aires, 30-11-02
XVI - Jorge Kaczewer, “Toxicología del glifosato:
riesgo para la salud humana”, en www.ecoportal.com.ar
XVII - www.politicassociales.gov.ar
XVIII - “Mitos y verdades sobre la soja” en www.aadynd.org.ar
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