|
Conociendo
la selva misionera de día y de noche
A
una hora de Puerto Iguazú, al noroeste de la provincia
de Misiones, un confortable refugio en medio de la selva infranqueable.
El marco es una exuberante reserva natural privada, donde
todo es descanso, buena gastronomía y caminatas de
interpretación a través de senderos que penetran
la jungla

Surucua
Por
Julián Varsavsky
El viajero que llega a Puerto Iguazú lo hace atraído
por el misterioso influjo del clima tropical, la selva y las
correntosas aguas que se hunden en el torbellino de la Garganta
del Diablo, el más bello accidente de las Cataratas
del Iguazú. Una vez en el Parque Nacional Iguazú,
las lanchas colocan al recién llegado en el centro
mismo de ese fenómeno acuático, debajo de saltos
y cascadas.
De esa forma se viaja directamente a la maravilla natural
compartida, que es visitada anualmente por millones de personas
de todo el globo. Junto a las aguas comienza un submundo selvático
perfectamente delimitado por dos paredes vegetales, al que
el turista tradicional sólo puede tener acceso de manera
superficial. Para penetrar y sentir ese mundo verde no hay
otra alternativa que avanzar por caminos de tierra hacia las
profundidades de la selva tropical e instalarse allí
por unos días en alguno de los refugios de los alrededores
del pueblo Andrecito, limítrofe con Brasil. Las opciones
son el Establecimiento San Sebastián, el Panambí
Lodge y el Yacutinga Lodge.
El parque nacional fue creado en 1934 para proteger el bioma
constituido por las Cataratas del Iguazú y la flora
y fauna de la Selva Misionera, último remanente de
la selva Paranaense que cubre buena parte de América
del Sur. Iguazú y Nahuel Huapi, en las provincias de
Neuquen y Río Negro –sobre
la base del ex-Parque Nacional del Sur que protegía
los bosques andino patagónicos-, fueron
los dos primeros parques nacionales establecidos en el país
-al mismo tiempo- bajo la jurisdicción
del Servicio de Parques Nacionales, hoy Administración
(APN).

Tucan
Yacutinga
Lodge
Yacutinga es una reserva natural privada con un lujoso refugio
instalado en medio de la selva misionera. Mide 570 hectáreas
y está prácticamente rodeada por el río
Iguazú superior, formando península protegida
por el límite que demarcan las aguas al avance de la
depredación humana. A la vez, la reserva está
encerrada por el Parque Nacional Iguazú a ambos lados
de la frontera entre Brasil y la Argentina, y por el Parque
Provincial Uruguay del lado argentino.
Hace una década el lugar fue declarado reserva e incorporado
al programa de refugios privados de la Fundación Vida
Silvestre Argentina. Sus anteriores dueños eran ganaderos
con una importante conciencia ecológica que los llevó
a conservar este relicto selvático paranaense, que
carecía de protección por ser un terreno privado.
En 1998, el predio fue vendido a sus actuales dueños.
Uno de ellos, Carlos Sandoval, es el encargado de la reserva
y el lodging turístico.
El primero de diciembre del 2000 fue inaugurado el servicio
de alojamiento, el único ingreso económico que
posee la reserva, que además alberga diversos proyectos
y estudios biológicos.

La travesía hacia Yacutinga Lodge comienza en Puesto
Tigre –sobre
la Ruta 101- en el cruce del acceso al aeropuerto
de Puerto Iguazú. El auto nos deja a un costado de
la ruta, donde nos espera un camión doble tracción
con asientos techados que ingresa de lleno en la selva a través
de un camino de tierra misionera que abre un tajo rojo en
el verde unánime del Parque Nacional Iguazú.
Dos murallas verdes de 30 metros se levantan al costado del
estrecho camino y en algunos segmentos las ramas de los lados
opuestos empiezan a acercase entre sí para encerrarnos
en una oscura galería vegetal. Una barroca proliferación
de lianas y enredaderas conforma un motivo que se repite “ad
infinitum”.
En total son 55 kilómetros hasta Yacutinga. El último
tramo lo hacemos en lancha a través del río
Iguazú superior, disfrutando de la única perspectiva
abierta que ofrece la selva. Durante la navegación
la fauna forma una especie de “comité de recepción”
compuesto garzas moras, algún Lobito de Río
y cormoranes, que levantan vuelo en bandada para perderse
sobre el techo de la selva.
Al
desembarcar queda todavía un pequeño trecho
en camioneta y finalmente se llega al lodge. El edificio principal
tiene dos pisos y un techo a dos aguas cubierto de enredaderas.
Desde un extremo de la recepción nace una escalinata
de madera que conduce al área de la piscina, rodeada
por toda clase de árboles misioneros. Los troncos sirven
de soportes para las tentadoras hamacas paraguayas.
Uno de los árboles que sobresalen junto al quincho
del lodge es un Alecrín cuya significativa presencia
en el lugar resume esta propuesta de ecoturismo: del tronco
de ese árbol podría sacarse abundante madera
para fabricar numerosos muebles, y alcanzaría con una
sierra y una hora de trabajo para convertir al ejemplar en
más de 5000 pesos en efectivo. Sin embargo, prima el
criterio conservacionista hacia una especie amenazada, cuyo
ejemplar en Yacutinga continúa esparciendo semillas
hacia toda la selva.
El descanso en la selva
Una serie de senderos conduce al área de las habitaciones,
a donde prácticamente nunca llega la luz del sol por
la profusa vegetación que las rodea. En el frente las
habitaciones tienen una especie de porche con mesitas protegidas
con una tela mosquitera, por donde caen las enredaderas de
nombre “campanita” y sus flores de color lila.
En el interior los cuartos poseen una refinada decoración
rústica con madera y cuatro grandes ventanales que
transmiten la sensación de estar alojados adentro de
la selva. Y en un sector de la pared se han reemplazado algunos
ladrillos por botellas incrustadas que permiten el ingreso
de luz natural, al modo de un vitral. Son veinte habitaciones
con baño privado y agua caliente.
A unos metros de la piscina, una escalera conduce a una torre
de elevación donde nace una pasarela colgante que cruza
la selva a la altura del estrato medio de la vegetación
y desemboca en un balcón con asientos donde se puede
ver la fauna domestica. La espera puede ser larga y algo infructuosa,
aunque en el momento más inesperado podrían
aparecer aves como el Tucán, diversas clases de loros,
el Bailarín naranja
(con pecho de ese color y alas negras) y
la mariposa Manta rubí.

Martin
Pescador
En Yacutinga la actividad comienza temprano, a las 7 de la
mañana. La razón es escaparle al sol del mediodía.
Luego de un suculento desayuno tropical con frutas y pan casero
recién horneado, comienzan los paseos por alguno de
los ocho senderos de la reserva. Además se realiza
una flotada en gomón por un arroyo que desemboca en
el río Iguazú. Un guardaparques provincial contratado
por Yacutinga oficia de guía bilingüe. Disponer
de un guardaparques resulta fundamental a la hora de observar
la selva, ese caos vegetal sin orden alguno aparente donde
en verdad todo tiene una escrupulosa razón de ser.
En el sendero Chico Méndez (nombre
del lider ecologista brasileño asesinado) el
guardaparques señala la corteza de un árbol
Ambaí, lisa y sin ramas salvo en su extremo más
alto. Este es el único que no está entrelazado
con los demás mediante lianas y enredaderas que lo
parasiten, ya que en su interior habita la hormiga azteca
–atraída por un néctar especial—
que devora a toda clase de intrusos en su morada. Por su parte,
el árbol de nombre Grapia tiene su propia estrategia
para librarse de las parásitas: simplemente se desprende
de su propia corteza cada determinado tiempo y todas terminan
en el suelo.
A su lado un Palo Borracho se eleva cuatro veces más
que su altura normal para alcanzar la luz. Como consecuencia,
pierde su tradicional forma de botella.

Palmito
En este sendero hay gran cantidad de ejemplares de la palmera
que alberga en su tallo a los sabrosos palmitos (Euterpe
edulis), que al ser cosechados ocasionan la muerte
del árbol. Como consecuencia de la tala furtiva–está
prohibida- la especie se encuentra en serio riesgo
de extinción. En Yacutinga los palmitos están
a buen resguardo, salvo en los tiempos de sequía cuando
los monos Caí tienen problemas para conseguir su alimento
habitual. En verdad, los primates -que pasan
de rama en rama con su cría a cuestas sobre la espalda-,
no parecen ser ajenos a la problemática de
la biodiversidad y respetan la prohibición, pero en
esta visita se registra una sequía más larga
que lo habitual, y la mayoría de las palmeras menores
a dos metros de altura fue tumbada por obra de una pequeñita
“mano negra”.
Durante los paseos se encuentran árboles secos, muertos
de pie, y otros caídos pudriéndose poco a poco
pero dando albergue a larvas de insectos que son el alimento
de los coatíes y los pájaros carpinteros. Por
momentos, nos internamos en un cerrado bosque de cañas
de Bambú Tacuarembó que colonizan sectores completos
de la selva en muy poco tiempo cuando, por ejemplo, se cae
un Timbó de 30 metros que deja una gran abertura en
la selva por donde ingresa abundante sol. Para evitar la sequedad,
crecen las cañas que cicatrizan una “herida”
en la selva, restituyéndole su humedad natural.
Poco
a poco, el guardaparques va develando el riguroso orden
circular que reina en la selva; un orden que sería
imposible de abarcar.
|

Pica
Arco Iris |
Por
la noche cena y fogón
La cena transcurre con los compañeros de viaje compartiendo
mesa en el comedor o en la terraza al aire libre, a la altura
de la copa de los árboles. La comida es sobre la base
de productos de la huerta del lugar o de chacras de la zona.
No es comida vegetariana, pero predominan platos como la lasagna
de verdura o el pollo en distintas variedades. También
hay cocina internacional con toques regionales y durante los
postres sobresale el flan de naranja con canela. En general,
se cena temprano porque a las 23 se acaba la luz eléctrica.
Y después de la comida, en un quincho con un fogón,
los biólogos que trabajan en la reserva suelen dar
charlas sobre reptiles o mariposas.
La noche es el momento de mayor actividad en la selva. La
fauna que casi no se ve de día sale con la oscuridad
para alimentarse a salvo de los peligros diurnos. El guardaparques
organiza noche por medio una salida para entrar en contacto
con la fauna que no es fácil observar, pero que se
escucha con absoluta fidelidad.

Carpincho
Con
mucha suerte se divisará al conejito Tapití
–de
color gris con manchas claras— o al Aguará
Popé (osito lavador), que
se trepa a los árboles de papaya para alimentarse.
Por lo común, no se ven animales grandes sino la microfauna
compuesta por orugas, hormigas, cigarras y muchas otras especies.
En cierto momento el guía indica apagar las linternas
y toda la percepción se concentra en la agudeza del
oído. El Refugio de Vida Silvestre Yacutinga, provee
protección a varias especies en vías de extinción,
como el Jaguar sudamericano, el Tapir, el Ocelote y algunas
aves seriamente amenazadas.
Los sonidos de la selva se potencian de repente: el croar
de las ranas, el chistido de una lechuza, el trinar de las
aves nocturnas, el canto de los grillos y una indefinible
serie de vibratos superpuestos que conforman la respiración
de la selva. Son millares de ojos de una fauna que rampante
lanza un haz de miradas parapetadas en la muralla verde o
debajo del agua. Están a metros y los delata su sonoridad
constante y un aliento a hongos, lirios salvajes y tierra
mojada.

Caraja
De regreso hacia las habitaciones, en el lodgin, cada huésped
toma por su correspondiente senderito iluminado a cada costado
por una hilera de mecheros a kerosén, que brillan como
luciérnagas marcándonos el camino a la cama.
Para
ir planeando
Alojarse en Yacutinga Lodge cuesta entre 300 y 350 pesos por
día (según
la habitación) con pensión completa,
traslados desde Iguazú y excursiones. Normalmente,
los huéspedes se quedan tres días y dos noches.
Fotos:
Carlos Sandoval
Más información:
www.
yacutinga.com
E-mail: yacutinga @ yacutinga.net
|