El Cambio Climático ocasionó en 2000 unas 150.000
muertes, según un informe sobre los efectos del calentamiento
sobre la salud de la Organización Mundial de la Salud
(OMS).
El estudio analiza las muertes ocasionadas por los fenómenos
meteorológicos extremos, como inundaciones, olas de
calor y demás incidencias relacionadas con las perturbaciones
atmosféricas y el cambio global.
El estudio recuerda que el siglo pasado la temperatura media
en el planeta aumentó en unos 0,7 grados centígrados.
El consenso general es que la mayor parte de estos incrementos
se debe a una influencia directa de las actividades humanas,
y, en concreto, al uso de los combustibles fósiles,
cuyas emisiones de gases han agudizado el efecto invernadero.
El pronóstico de los expertos es un calentamiento aún
mayor, acompañado de más variabilidad climática,
cambios de precipitación e intensificación de
las olas de calor, todo lo cual causará impactos sobre
la salud mayoritariamente adversos.
Juzgan especialmente temibles los cambios motivados por las
alteraciones en la localización geográfica de
ciertas enfermedades, como la malaria y la fiebre amarilla
o la salmonelosis, que tienen sus picos en los meses de verano.
El cambio climático fue en el 2000 responsable de un
2,4% de las diarreas en todo el mundo y un 6% de la malaria
en los países de ingresos medios.
Temperaturas más altas combinadas con variabilidad
climática podrían incrementar los riesgos de
exposición a temperaturas extremas. De hecho, en el
verano 2003 unas
20.000 personas murieron en Europa
a
causa de una ola de calor, aunque se precisa que la mayor
parte de estas muertes corresponden a personas que padecían
enfermedades cardiovasculares y respiratorias.
Se estima que la mortalidad en verano aumentará hacia
el 2050 de 500 a 1.000 los casos en Nueva York, y entre 100
y 250 en Detroit, siempre y cuando las personas sepan adecuarse
a los cambios, de lo contrario los índices serán
mayores
“Crecen las evidencias de que el cambio global del clima
tendrá profundos efectos sobre la salud y el bienestar
de los ciudadanos en todo el mundo. Necesitamos conocer mejor
su incidencia particular sobre la salud de las personas más
vulnerables, para poder gestionar mejor los riesgos”,
declaró Kerstin Leitner, adjunto al director general
para el Desarrollo Sostenible de la OMS.
La década de los 90 fue la más calurosa registrada
hasta ahora y se estima que la temperatura del planeta subirá
entre 1,4 y 5,8 grados antes del 2100, según los diferentes
escenarios trazados en función de los modelos energéticos
que se adopten y el volumen de emisión de gases.
La ministra Elvira Rodríguez aseguró que España
sigue apoyando el protocolo como una herramienta clave para
frenar el calentamiento global. Joaquín Nieto, responsable
de medio ambiente de CC.OO. y portavoz de los sindicatos,
dijo que las emisiones españolas de dióxido
de carbono
(CO2) superan anualmente en 113.000 las toneladas
permitidas. Dado ese exceso, cuando entre en vigor el protocolo
España deberá desembolsar entre 1.130 y 4.520
millones de euros en la compra de los derechos de emisión
a otros países, según Joaquín Nieto.
A la espera de la decisión rusa
Para que el Protocolo de Kyoto entre en vigor falta tan sólo
la ratificación de Rusia. Las declaraciones de Andrei
Illarionov, asesor del presidente ruso Vladimir Putin, el
2 de diciembre de 2003, en coincidencia con la COP 9, de que
“este protocolo no puede ratificarse”, alarmaron
a toda la comunidad internacional. Pero al día siguiente
Mukhamed Tsikhanov, el ministro responsable del área
desmintió la anterior declaración.
La ambigüedad (o
especulación) rusa obedece muy
probablemente a que quiere vender mucho más caro su
ratificación del Protocolo de Kyoto.
En el año 2001 George W. Bush decidió no ratificar
Protocolo de Kyoto y dado que es necesario que lo ratifiquen
un mínimo de 55 países, y que entre ellos sumen
el 55% de las emisiones de los países ricos, la negativa
en la práctica significaba que era necesario que el
documento fuese ratificado por la casi totalidad de los países
industrializados (los
del Anexo I) para que entrase en vigor.
El convenio permite que los países industrializados
puedan vender y comprar derechos de emisión, tomando
como referencia el año base 1990, entre otros mecanismos
de intercambio. En 1990 aún existía la URSS,
con consumos energéticos enormes y emisiones de GHG
igualmente grandes. La implosión posterior cambió
radicalmente la situación y Rusia, Ucrania y el resto
de los países ex-URSS, podrán vender “derechos
de emisión” a otros países industrializados
que superen los límites comprometidos.
De
hecho Rusia esperaba vender esos “derechos de emisión”
(el
llamado “aire caliente”) a Estados
Unidos, pero la negativa de la administración Bush
a ratificar el Protocolo de Kyoto le ha quitado un importante
comprador, con lo cual el precio al que venderá su
“aire caliente” será muy inferior, por
la simple razón de que habrá menos demanda de
toneladas de CO2. Rusia mira a la Unión Europea, y
en el tira y afloja reclama más compensaciones económicas,
tanto en el precio del dióxido de carbono (CO2)
equivalente, como en las negociaciones para la entrada de
Rusia en la Organización Mundial de Comercio.