|
De
la esperanza a la traición en cambio climático
(Nota II de V)
La primera Cumbre de las Naciones Unidas para el Desarrollo
Sustentable (Río
de Janeiro, 1992), o Cumbre de la Tierra, fue
un hito en el despertar de la conciencia ambiental mundial.
A pesar de grandes desacuerdos en cuanto a la vinculación
entre medio ambiente y desarrollo, muchos dirigentes nacionales
expresaron su preocupación por la forma en que el modelo
de desarrollo predominante ha tenido efectos nocivos para
el ambiente y no sólo ha generado pobreza, sino que
la ha profundizado. Al fin, 20 años después
de la Primera Cumbre de la Tierra de 1972, el ambiente había
entrado por la puerta grande, generando grandes esperanzas
en los cambios que los gobiernos prometieron aplicar.
Entre otros compromisos, se acordó establecer un convenio
legalmente vinculante dirigido a revertir el proceso mundial:
la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el
Cambio Climático.
El texto de la Convención, aprobado el 9 de mayo de
1992, entró en vigencia el 21 de marzo de 1994, con
166 países firmantes y la opción de que los
demás Estados puedan seguir adhiriendo.
En la Convención hay un reconocimiento del cambio acelerado
que ha experimentado el clima del planeta en los últimos
200 años y los graves efectos adversos que esto trae.
También se admite que el origen de ese cambio es el
aumento de las concentraciones de gases de efecto invernáculo
en la atmósfera, el cual ha provocado un calentamiento
de la superficie de la Tierra y la atmósfera. También
se señala que la mayor parte de esas emisiones tienen
su origen en los países desarrollados.
El objetivo final de la Convención es que las concentraciones
en la atmósfera de los gases de efecto invernáculo
resultantes de las actividades humanas se estabilicen en un
nivel que no suponga un riesgo para el sistema climático.
En medio del debate, la traición
La
3ª Conferencia de las Partes de la Convención
de Cambio Climático realizada en Kyoto, Japón,
aprobó el 11 de diciembre de 1997, el texto del Protocolo
de la Convención. Hasta la fecha ha sido ratificado
por 62 países; los Estados pueden seguir adhiriendo.
Entrará en vigor cuando se reúnan las dos condiciones
de haber sido firmado por 55 países, y que a su vez
entre éstos figure un número tal de países
industrializados que entre todos respondan por el 55% del
total de las emisiones de CO2 de 1990, como mínimo.
Si bien la cantidad mínima de países signatarios
ha sido superada, no se ha cumplido el segundo requisito en
la medida que algunos países que son grandes emisores
de CO2, como es el caso de Estados Unidos y Rusia, no lo han
ratificado.
Además, el propio Grupo Intergubernamental de Expertos
sobre el Cambio climático (IPCC,
en inglés,organismo oficial encargado de asesorar a
la Conferencia de las Partes en la Convención Marco
de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMCC)-
dijo que para evitar cambios peligrosos en los sistemas climáticos
es necesario hacer una reducción global de las emisiones
de los gases de efecto invernáculo del 60% para fines
del siglo con relación a los niveles de 1990. El Protocolo
de Kyoto prevé apenas una reducción de un 5,2%
para los países más contaminantes, pero no está
en vías de alcanzar siquiera eso.
El Artículo 12 del Protocolo incluye lo que se denomina
un "Mecanismo de Desarrollo Limpio". Supuestamente
se trata de colaboración para lograr un desarrollo
sustentable, pero en realidad -y
así se declara incluso- constituye una
"ayuda" para permitir a los países desarrollados
el cumplimiento de los compromisos de reducción de
emisiones establecidos. Este artículo permite la aforestación,
la reforestación y las actividades que evitarían
la deforestación, a partir de 1990, como fórmulas
de canje de emisiones.
El mecanismo también acepta grandes proyectos hidroeléctricos
como "desarrollo limpio", a pesar de sus consabidos
impactos adversos sobre los bosques (con
liberación de CO2 asociada), y sobre las
comunidades ancestrales, que a menudo han sido desplazadas
de sus bosques originales.
En el largo proceso de sucesivas Conferencias de las Partes
(COPs),
países de peso como Estados Unidos -responsable
del 25% del total mundial de emisiones de gases de efecto
invernáculo- se negaron a cumplir los
compromisos acordados en Kyoto en 1997. Esto hizo pensar a
algunos observadores que el Protocolo podría naufragar.
En ese contexto, Japón -otro de los grandes contaminantes-
presionó en la COP 8 (2002)
para llegar a un acuerdo que "salvara" al Protocolo
(aunque no al planeta), que permite
que las plantaciones sean descritas como "sumideros de
carbono".
Con ese remate, se traicionaron las expectativas de llegar
a soluciones reales. Por su parte, Estados Unidos sigue negándose
a ratificar el documento. El Presidente G. W. Bush adujo que
el compromiso lesionaría la economía de su país
y su política energética, la cual está
en primer lugar, es decir, por encima de los intereses de
la humanidad y los intereses a largo plazo de sus conciudadanos.
Contaminar
en lugar de preservar
Las emisiones de carbono, que en un principio fueron consideradas
un peligro inminente, se convirtieron en mercancía.
Empezaron a predominar criterios comerciales y las acciones
vinculadas al clima comenzaron a ser consideradas principalmente
en términos contables y especulativos.
Las industrias productoras y consumidoras de combustibles
fósiles, varios funcionarios de los Estados Unidos
y algunos gobiernos del Norte, y una serie de intereses creados
en torno al negocio del carbono promovieron un mercado del
carbono. En la base de esta propuesta estaba la noción
que todas las emisiones de dióxido de carbono son aceptables
en la medida que pueden ser "compensadas" por otra
actividad que absorba CO2 -como
plantar árboles que, por la fotosíntesis, convierten
el CO2 en carbón vegetal- o haya reducido
sus niveles de emisiones.
Los grandes consumidores de combustibles fósiles compran
la autorización de seguir contaminando al invertir
en actividades que han aplicado un cambio en la forma de producción
que, si bien siguen liberando emisiones de carbono, supuestamente
lo hacen en grados inferiores a los que hubieran alcanzado
de seguir con el sistema anterior.
Estas propuestas descartan totalmente que en el futuro se
utilice menos carbono. Los países industrializados
pueden así seguir adelante con sus emisiones, componiendo
su imagen mediante el pago de algunos dineros a los países
pobres, que terminan "vendiendo" su medio ambiente.
Acosados por la pobreza, muchos son presionados a establecer
plantaciones para que actúen como sumideros de carbono.
Prevalece la misma mirada mercantil: los bosques no son ecosistemas
vitales sino madera para la industria, celulosa, chips, y
ahora sumideros con un valor de mercado.
Desde un punto de vista contable, la conservación de
un bosque no puede ser considerada una medida para mitigar
el calentamiento global. Pero se sigue ignorando que la conservación
de los bosques debe ser considerada como una medida para evitar
que el problema se agrave. Incluir la conservación
de los bosques en un mecanismo de mercado seguramente no fue
una buena opción, pero ignorar que es necesario contar
con financiamiento y con voluntad política para mantener
y recuperar los bosques -aunque
sea como medida para evitar cambios peligrosos del clima-
significa perder una oportunidad. Y eso, tal vez,
lo paguemos muy caro.
En la retorcida lógica de los negociadores del clima,
es más conveniente talar un bosque primario y reemplazarlo
por una plantación de árboles de rápido
crecimiento, que
absorben más carbono
-supuesto-,
lo cual a menudo no es así!
La idea que cuando la vegetación está en crecimiento
la absorción de carbono es mayor que el carbono liberado
permitió eclipsar el hecho que los bosques nativos
almacenan grandes cantidades de carbono, manteniendo en circunstancias
normales un equilibrio básico a lo largo del tiempo
entre el carbono liberado y el absorbido.
La cuestión es seguir con el mismo tren de consumo,
sin reducir las emisiones, y dar cabida y promover las plantaciones
con el argumento de que la absorción temporal o incierta,
siquiera por unos pocos años, tiene efectos positivos.
Un negocio redondo para unos pocos. Pero ¿qué
es lo que sigue? Si se talan las plantaciones, vuelven a liberar
CO2 y estaríamos casi como al principio. La alternativa
sería seguir plantando indefinidamente hasta que los
árboles -¿quizá
de una sola especie conveniente, como el eucalipto?-
inunden la faz de la Tierra. Tendríamos así
millones de hectáreas de basureros de carbono ocupando
superficies que deberían proveer a las poblaciones
locales de alimentos y sustento ¿suena ecológico?
En otras palabras, los sumideros de carbono contemplados en
el Protocolo de Kyoto, son malas noticias para el planeta
y para sus habitantes. No revierten ni detienen el cambio
climático y es muy controvertido que puedan ser considerados
medidas paliativas para una etapa de transición hacia
otras energías no contaminantes. Han pasado 13 años
de los primeros enunciados y hay muy pocos signos de un cambio
estructural hacia fuentes de energía alternativa, o
parecen estar muy lejanos. Por el contrario, la extracción
y el consumo no sustentables de combustibles fósiles
continúan intactos.
Responsables
con antifaz
Un
actor fundamental que queda escondido -últimamente
no tanto- en todas las instancias oficiales sobre
clima, es el mundo empresarial vinculado con la energía,
y en especial las empresas petroleras.
Con sus actividades altamente contaminantes y su política
de expansión dentro de un modelo de desarrollo basado
en los combustibles fósiles, estas empresas figuran
entre los principales responsables de las emisiones de CO2
y, en consecuencia, del cambio climático. A pesar de
ello, todavía no están obligadas por ningún
acuerdo internacional a reducir sus emisiones, rinden cuentas
ante unos pocos y son muy difíciles de regular precisamente
por el poder que ejercen.
Algunas de las compañías más poderosas
involucradas son: Exxon/Mobil (Estados
Unidos), Shell (Holanda), BP/Amoco
(Reino Unido), Totalfina / Elf (Francia/Bélgica),
Chevron/Texaco (Estados Unidos),
Repsol/YPF (España/Argentina),
ENI/AGIP (Italia), OXY (Estados
Unidos).
Sin embargo, actualmente, estas mismas empresas presentan
propuestas tecnológicas para salvar al mundo de la
catástrofe, la mayoría basadas en el uso extensivo
del espacio y los recursos, provocando así nuevos impactos
y desequilibrios ambientales.
Algunos ejemplos son las plantaciones de grandes empresas
transnacionales, que están transformando los ecosistemas
y desplazando a las poblaciones originarias, o los proyectos
de gigantescos paneles solares o parques eólicos en
suelos agrícolas, la construcción de represas
que inundan grandes superficies con los embalses asociados
que generan emisiones de carbono y metano, o inmensas tuberías
de petróleo o gas que atraviesan áreas protegidas
o zonas pobladas, poniendo en riesgo a las poblaciones locales.
Dónde
está la salida?
Las
"compensaciones de emisiones de carbono" como los
monocultivos a gran escala de árboles, no son soluciones.
Entre muchos otros males, agravan la pérdida de la
biodiversidad que, como ha reconocido un grupo de científicos
del Centro de Biología Poblacional del Imperial Collage
de Silwood Park, Reino Unido, en un artículo publicado
en Nature, "puede reducir la capacidad de los ecosistemas
terrestres de absorber CO2 antropogénico".
La verdadera solución es la conservación de
energía, la reducción del consumo, una utilización
más equitativa de los recursos, y un desarrollo y distribución
equitativas de fuentes de energía limpias, renovables
y de bajo impacto.
En realidad, es algo simple y de Perogrullo, pero para eso
hace falta la voluntad política de los gobiernos, que
escasea o, cuando existe, debe enfrentarse a intereses muy
poderosos e implacables.
La garantía para lograr los cambios imperativos e imprescindibles
que eviten las catástrofes anunciadas sigue siendo
la participación de la sociedad civil exigiendo que
se cumplan los compromisos asumidos -aún no cumplidos-,
y cuestionando los criterios mercantilistas predominantes
en el ámbito empresarial y gubernamental.
El enfoque predominante es criminal, y a la larga suicida.
Nota:
Artículo
basado en información obtenida de: "The Carbon
Shop: Planting New Problems", Larry Lohmann,
http://www.wrm.org.uy/plantations/material/carbon.html;
"Climate and Equity: After Kyoto", Compilado por
Aubrey Meyer y Nicholas Hildyard, http://www.thecornerhouse.org.uk/briefing/03climate.html;
"Climate Change Overview - Vital Climate Graphics",
http://www.climateark.org/vital/01.htm
Más Información
(Ver Nota III)
|