¿Se justifica alguna vez la tortura?
Esta es la sucia y secreta pregunta que nadie se atreve a
mencionar en medio de la revulsión y vergüenza
con que tantos líderes han respondido a las recientes
fotos que muestran a soldados británicos y norteamericanos
atormentando a indefensos prisioneros en Irak.
Es una pregunta que fue formulada de una manera inolvidable
y temeraria hace más de 130 años por Feodor
Dostoievski (1821-1881)
en su obra "Los hermanos Karamazov".
En aquella novela, el beatífico Alyosha Karamazov se
ve tentado por su hermano Iván, confrontado con un
dilema intolerable. Supongamos, dice Iván, que sea
necesario, para que los hombres sean eternamente felices,
que sea inevitable y esencial torturar durante una infinitud
a una pequeña criatura, tan sólo a un niño,
nada más que uno. ¿Lo consentirías?
Iván ha precedido su pregunta con anécdotas
de niños sufrientes: una chica de siete años
que fue golpeada hasta el delirio por sus padres y luego encerrada
en una letrina de hielo y forzada a comer su propio excremento;
un pequeño hijo de siervos, con apenas ocho años
de edad, que fue despedazado por perros de caza frente a su
madre para deleite de un terrateniente.
Casos verdaderos descubiertos por Dostoievski en los periódicos
contemporáneos y que meramente insinúan la crueldad
casi inimaginable que esperaba a la humanidad en los años
por venir.
¿Cómo hubiera reaccionado Iván ante los
modos en que el siglo veinte terminó por perfeccionar
el dolor, industrializar el dolor, producir dolor en una escala
masiva y racional y tecnológica, un siglo que crearía
manuales de dolor y cómo aplicarlo, cursos de entrenamiento
sobre cómo acrecentar ese dolor y catálogos
que explicaban dónde adquirir los instrumentos que
aseguraran que aquel dolor fuera inagotable, un siglo que
iba a prodigar medallas a los hombres que habían escrito
esos manuales y felicitar a los que diseñaron esos
cursos y enriquecer a los que produjeron los instrumentos
de aquellos catálogos de la muerte?
La pregunta de Iván Karamazov –¿lo
consentirías?– es tan monstruosamente
relevante hoy como ayer, en nuestro mundo donde se practica
en forma habitual ese tipo de humillación y daño
en 132 países, porque nos interna en el terrible corazón
escondido de la tortura, nos fuerza a verificar el dilema
real e inexorable que plantea la persistencia de la tortura
entre nosotros, particularmente, después de los ataques
terroristas del 11 de septiembre de 2001.
Las palabras de Iván Karamazov nos recuerdan que quienes
emplean la tortura no tienen problemas con justificarla: ese
es el precio, se implica, que deben pagar algunos escasos
sufrientes para garantizar la felicidad del resto de la sociedad,
la enorme mayoría que recibe la paz y la seguridad
a cambio de lo que ocurre en algún sótano oscuro,
algún túnel remoto, alguna estación de
policía abominable.
No seamos ingenuos: todo régimen que tortura o deja
que sus aliados torturen lo
hace en nombre de la salvación, algún objetivo
superior, la promesa de un paraíso venidero. Llámese
comunismo, llámese mercado libre, llámese mundo
libre, llámese fascismo, llámese venerable líder,
llámese civilización, llámese servicio
de Dios, llámese la necesidad de obtener información,
llámese lo que se quiera, el costo del paraíso,
la oferta de alguna variante de ese paraíso, Iván
Karamazov nos sigue susurrando, siempre será el infierno
simultáneo para alguna persona lejana en algún
lugar vecino.
Una verdad incómoda: los soldados norteamericanos y
británicos en Irak, como los torturadores en tantos
otros sitios, no se consideran a sí mismos como malvados,
pero más bien como los guardianes del bien común,
patriotas que se manchan las manos y puede que pasen una que
otra noche de insomnio, con tal de liberar de la violencia
y la ansiedad a la mayoría ignorante y ciega.
Incluso aquellos que torturan deben darse cuenta de que, meramente
por razones estadísticas, es probable que por lo menos
uno de sus cautivos sea inocente. Y quienes abusan de ese
hombre o de esa mujer han decidido que no importa que aquel
ser inofensivo sufra el destino brutal de los otros detenidos,
presumiblemente culpables.
No tengo claro cuántos ciudadanos de los Estados Unidos
–o de otro país, para no ir más lejos–
reaccionarían si tuvieran que encarar la agresiva pregunta
de Iván Karamazov, no sé si serían capaces
de aceptar conscientemente que sus sueños de bienaventuranza
dependen de la perdición eterna de un niño inocente
o si, como Alyosha, responderían suavemente: “No.
No lo consiento”.
Existe, sin embargo, una pregunta más tenaz, quizá
más turbia, que Iván no llega a expresar: ¿Qué
pasa si es culpable aquella persona torturada sin cesar, torturada
para que nosotros seamos felices?
¿Qué pasaría si pudiéramos construir
un futuro de armonía y amor sobre el dolor perpetuo
de alguien que llevó a cabo él mismo un genocidio,
que atormentó a los niños de que hablaba Dostoievski,
qué pasaría si se nos invitara a gozar una vez
más del Edén mientras un ser humano despreciable
estuviese recibiendo inacabablemente los horrores que impuso
a tantos otros?
Y una pregunta más urgente:
¿y si esa persona a quien se le quema, mutila y electrocuta,
supiera dónde se esconde una bomba que está
a punto de explotar y matar a millones?
¿Responderíamos que no?
¿Responderíamos que la tortura, sea cual fuere
la amenaza y sea cual fuere nuestro miedo, es siempre definitiva
y absolutamente inaceptable?
Esa es la verdadera pregunta para la humanidad al confrontar
las fotos de aquellos cuerpos sufrientes en las desnudas celdas
de Irak ayer, una agonía que, no debemos olvidarlo,
se está repitiendo hoy de nuevo y mañana también
en tantas otras prisiones en nuestro triste y anónimo
planeta. Ahora mismo un hombre se aproxima con sus manos omnipotentes
a otro ser humano enteramente desamparado.
¿Tanto miedo tenemos?
¿Tanto miedo, que estamos dispuestos a permitir que
otros perpetúen, en nuestro nombre y con nuestro pleno
conocimiento, actos de terror que han de corroer y corrompernos
por toda la eternidad?
*Escritor chileno, autor de “La Muerte y la Doncella”