Tengo 68 años, nací en Corçà (Baix
Empordà) y vivo en Andorra. Fui reportero,
fotógrafo y secretario de Salvador Dalí. Estoy
casado y tengo dos hijos, Eduard (42)
y Jordi (33). Soy apolítico.
Respeto todas las religiones. Mi afición es la aviación:
desde una avioneta localicé el castillo de Púbol,
que encantó a Dalí y Gala, y tramité
su compra.
-Cómo
era Dalí en la intimidad?
–Muy
trabajador: al despertar le llevaban el desayuno a la cama,
y allí empezaba ya a dibujar... Luego iba al estudio
y trabajaba hasta las seis o siete de la tarde.
–Además
de trabajador, ¿cómo era?
–Honrado,
muy generoso, sincero, atento. ¡El señor Dalí
era una buena persona!
–No
suele darse de él esa imagen...
–Es
injusto. Muchos hablan y escriben sobre él, y casi
todo son falsedades. Nadie vivo ha conocido al señor
Dalí mejor que yo. Yo le vi hacer dibujos y óleos
gratis para hospitales, instituciones... y hasta para una
cárcel.
–¿Cuántos
originales de Dalí posee usted?
–Dedicados
expresamente por él, unos 300 originales. Sin dedicar,
no sé: también he comprado mucha obra suya en
subastas...
–Generoso
con usted sí que lo era...
–Yo
estaba con él cuando me anunciaron el nacimiento de
mi hijo Jordi. Al oírlo, el señor Dalí
paró de pintar, me preguntó cómo se llamaría
el niño y al instante me pintó un gouache sobre
Sant Jordi, para él.
–¿Cuántos
años estuvo usted junto a Dalí?
–Prácticamente,
todos los días desde el verano de 1968 hasta el 23
de enero de 1981.
–¿Por
qué se cortó ahí esa relación?
–Me
marché al ver el lío de reproducciones falsas
que a mi espalda organizaron “Verité” y
Gala. El señor Dalí no podía pintar ya
desde 1980, pero Gala estaba acostumbrada a un determinado
flujo de dinero y...
–¿No
tuvo usted relación con esos apaños?
–¡Yo
jamás me hubiese metido en ilegalidades! Todo fue legal
mientras yo ejercí.
–Y
Dalí, ¿estaba enterado de aquello?
–Era
muy honrado, y cuando se enteró, a finales de 1979,
le arreó a Gala un bastonazo y le rompió una
costilla. Tuve que ingresarla de incógnito en un hospital
de Nueva York.
–¿Qué?
¿Dalí le partió una costilla a Gala?
–Sí,
pero antes Gala le había pegado un puñetazo
en el ojo. Le dio bien, porque se le puso morado. Tuve que
decirle a la prensa que el señor Dalí se había
caído de la cama...
–¿Cómo
entabló usted relación con Dalí?
–Yo
hacía reportajes gráficos por encargo de una
agencia de prensa y en el verano de 1968 me presenté
en Portlligat para entrevistar y fotografiar a Dalí.
De entrada, él me pidió que le pagase 15.000
dólares.
–¿Se
los pagó usted?
–Le
dije que no podía. Pero no me echó: hablamos
durante dos horas, no sé por qué...
–Le
cayó usted en gracia...
–Sí,
supongo que al ser yo del Baix Empordà y amigo de Josep
Pla... Al final, el señor Dalí me dijo: “Vuelva
mañana”.
–Y
usted volvió, claro.
–Sí.
Y un día, y otro... El iba explicándome cosas.
Cuando venían visitas, todos querían una foto
con Dalí, y él decía que las hacía
yo, que era “el mejor fotógrafo del mundo”,
y que me pagasen mil dólares por foto.
–¡Buen
pellizco!
–¡Era
un señor como Dios manda! Jamás tuvimos contratos
de por medio. Y un día, en 1972, me propuso que fuese
su secretario.
–¿Y
qué funciones tenía como secretario?
–Desde
comprar una aspirina hasta preparar un contrato de un millón
de dólares. Y abrir la correspondencia. ¡Y volar
de París a Nueva York para llevarle al doctor Tanz
unos análisis médicos de Gala, y volver!
–¿Ir
y volver sólo para llevar unos análisis?
–Sí.
También me encargaba de comprarle al señor Dalí
los colores y materiales en París y Nueva York... Y
la gomina para el bigote. Y le marcaba el teléfono,
le abría puertas...
–¿Qué
puertas?
–El
señor Dalí era incapaz de meter la llave en
la cerradura de la puerta de la habitación para abrirla.
O de cargar la hoja de afeitar en la maquinilla, o de manejar
dinero...
–¿No
marcaba los números de teléfono?
–¡Impensable!
Pero sí sabía preparar el gambero, o coger erizos
de mar y comérselos.
–¿Viajaba
usted siempre con Dalí y Gala?
–¡Vivía
con ellos! Durante doce años comí y cené
con ellos todos los días. A Dalí le encantaba
el pescado. Alejo y Benido, dos pescadores, se lo traían
coleando todavía...
–¿Y
dormía usted también en Portlligat?
–Sí,
en la barraca de Gala: hoy forma parte de la tienda de souvenirs...
No he vuelto, prefiero no ver lo que han hecho allí...
–¿Les
tramitó la compra de Púbol, no?
–Sí,
y prepararon las tumbas juntas. Pero una vez que temió
morir, ¡Dalí me rogó ser enterrado bajo
la cúpula de su museo! Es así.
–¿Cómo
se llevaba usted con Gala?
–Perfectamente:
ella me enviaba a Nueva York a buscar a Jeff, su último
gran amor, porque a él le asustaba volar solo en avión...
–¿Cómo
encajaba Dalí esas relaciones?
–Dalí
adoraba a Gala, no la controlaba. Se suponía que ella
leía poesía con esos jóvenes.
–Ya.
Y Dalí, ¿se montaba sus orgías?
–Eso
es delirio morboso de algunos. Había “performances”
con modelos, para fotografiarlas y luego pintarlas, pero nada
más.
–Pero
se lo pasaba bien, eso sí.
–Porque
era muy creativo: a una modelo le dijo que si quería
sentir el mayor orgasmo de su vida, se colocase una cañita
en el sexo, en la que él encajaría otra, y otra,
y otra, y...
–¿Y
se prestó la modelo?
–Sí.
Y luego Dalí prendió fuego por el extremo de
ese largo tubo de cañitas. ¡Tuve que apagarlo
ahí abajo, se le socarraba todo!
–Dalí
no era ejemplar políticamente, ¿no?
–Cuando
Tarradellas necesitó ayuda económica en el exilio,
¡el señor Dalí le envió un óleo!
Y al llegar a Madrid, Tarradellas, antes de entrar en el Congreso,
entró en el Palace y le dio dos besos en las mejillas
al señor Dalí.
–Oiga,
¿no le ve nada criticable a Dalí?
–Yo
no sé verle nada malo al señor Dalí,
sinceramente... Soy incapaz.