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Dalí visto por su secretario privado

 

 

 

Enrique Sabater, secretario de Salvador Dalí de 1968 a1981:


“Gala le puso un ojo morado al señor Dalí”


Tengo 68 años, nací en Corçà
(Baix Empordà) y vivo en Andorra. Fui reportero, fotógrafo y secretario de Salvador Dalí. Estoy casado y tengo dos hijos, Eduard (42) y Jordi (33). Soy apolítico. Respeto todas las religiones. Mi afición es la aviación: desde una avioneta localicé el castillo de Púbol, que encantó a Dalí y Gala, y tramité su compra.


-
Cómo era Dalí en la intimidad?

–Muy trabajador: al despertar le llevaban el desayuno a la cama, y allí empezaba ya a dibujar... Luego iba al estudio y trabajaba hasta las seis o siete de la tarde.

–Además de trabajador, ¿cómo era?

–Honrado, muy generoso, sincero, atento. ¡El señor Dalí era una buena persona!

–No suele darse de él esa imagen...

–Es injusto. Muchos hablan y escriben sobre él, y casi todo son falsedades. Nadie vivo ha conocido al señor Dalí mejor que yo. Yo le vi hacer dibujos y óleos gratis para hospitales, instituciones... y hasta para una cárcel.

–¿Cuántos originales de Dalí posee usted?

–Dedicados expresamente por él, unos 300 originales. Sin dedicar, no sé: también he comprado mucha obra suya en subastas...

–Generoso con usted sí que lo era...

–Yo estaba con él cuando me anunciaron el nacimiento de mi hijo Jordi. Al oírlo, el señor Dalí paró de pintar, me preguntó cómo se llamaría el niño y al instante me pintó un gouache sobre Sant Jordi, para él.

–¿Cuántos años estuvo usted junto a Dalí?

–Prácticamente, todos los días desde el verano de 1968 hasta el 23 de enero de 1981.

–¿Por qué se cortó ahí esa relación?

–Me marché al ver el lío de reproducciones falsas que a mi espalda organizaron “Verité” y Gala. El señor Dalí no podía pintar ya desde 1980, pero Gala estaba acostumbrada a un determinado flujo de dinero y...

–¿No tuvo usted relación con esos apaños?

–¡Yo jamás me hubiese metido en ilegalidades! Todo fue legal mientras yo ejercí.

–Y Dalí, ¿estaba enterado de aquello?

–Era muy honrado, y cuando se enteró, a finales de 1979, le arreó a Gala un bastonazo y le rompió una costilla. Tuve que ingresarla de incógnito en un hospital de Nueva York.

–¿Qué? ¿Dalí le partió una costilla a Gala?

–Sí, pero antes Gala le había pegado un puñetazo en el ojo. Le dio bien, porque se le puso morado. Tuve que decirle a la prensa que el señor Dalí se había caído de la cama...

–¿Cómo entabló usted relación con Dalí?

–Yo hacía reportajes gráficos por encargo de una agencia de prensa y en el verano de 1968 me presenté en Portlligat para entrevistar y fotografiar a Dalí. De entrada, él me pidió que le pagase 15.000 dólares.

–¿Se los pagó usted?

–Le dije que no podía. Pero no me echó: hablamos durante dos horas, no sé por qué...

–Le cayó usted en gracia...

–Sí, supongo que al ser yo del Baix Empordà y amigo de Josep Pla... Al final, el señor Dalí me dijo: “Vuelva mañana”.

–Y usted volvió, claro.

–Sí. Y un día, y otro... El iba explicándome cosas. Cuando venían visitas, todos querían una foto con Dalí, y él decía que las hacía yo, que era “el mejor fotógrafo del mundo”, y que me pagasen mil dólares por foto.

–¡Buen pellizco!

–¡Era un señor como Dios manda! Jamás tuvimos contratos de por medio. Y un día, en 1972, me propuso que fuese su secretario.

–¿Y qué funciones tenía como secretario?

–Desde comprar una aspirina hasta preparar un contrato de un millón de dólares. Y abrir la correspondencia. ¡Y volar de París a Nueva York para llevarle al doctor Tanz unos análisis médicos de Gala, y volver!

–¿Ir y volver sólo para llevar unos análisis?

–Sí. También me encargaba de comprarle al señor Dalí los colores y materiales en París y Nueva York... Y la gomina para el bigote. Y le marcaba el teléfono, le abría puertas...

–¿Qué puertas?

–El señor Dalí era incapaz de meter la llave en la cerradura de la puerta de la habitación para abrirla. O de cargar la hoja de afeitar en la maquinilla, o de manejar dinero...

–¿No marcaba los números de teléfono?

–¡Impensable! Pero sí sabía preparar el gambero, o coger erizos de mar y comérselos.

–¿Viajaba usted siempre con Dalí y Gala?

–¡Vivía con ellos! Durante doce años comí y cené con ellos todos los días. A Dalí le encantaba el pescado. Alejo y Benido, dos pescadores, se lo traían coleando todavía...

–¿Y dormía usted también en Portlligat?

–Sí, en la barraca de Gala: hoy forma parte de la tienda de souvenirs... No he vuelto, prefiero no ver lo que han hecho allí...

–¿Les tramitó la compra de Púbol, no?

–Sí, y prepararon las tumbas juntas. Pero una vez que temió morir, ¡Dalí me rogó ser enterrado bajo la cúpula de su museo! Es así.

–¿Cómo se llevaba usted con Gala?

–Perfectamente: ella me enviaba a Nueva York a buscar a Jeff, su último gran amor, porque a él le asustaba volar solo en avión...

–¿Cómo encajaba Dalí esas relaciones?

–Dalí adoraba a Gala, no la controlaba. Se suponía que ella leía poesía con esos jóvenes.

–Ya. Y Dalí, ¿se montaba sus orgías?

–Eso es delirio morboso de algunos. Había “performances” con modelos, para fotografiarlas y luego pintarlas, pero nada más.

–Pero se lo pasaba bien, eso sí.

–Porque era muy creativo: a una modelo le dijo que si quería sentir el mayor orgasmo de su vida, se colocase una cañita en el sexo, en la que él encajaría otra, y otra, y otra, y...

–¿Y se prestó la modelo?

–Sí. Y luego Dalí prendió fuego por el extremo de ese largo tubo de cañitas. ¡Tuve que apagarlo ahí abajo, se le socarraba todo!

–Dalí no era ejemplar políticamente, ¿no?

–Cuando Tarradellas necesitó ayuda económica en el exilio, ¡el señor Dalí le envió un óleo! Y al llegar a Madrid, Tarradellas, antes de entrar en el Congreso, entró en el Palace y le dio dos besos en las mejillas al señor Dalí.

–Oiga, ¿no le ve nada criticable a Dalí?

–Yo no sé verle nada malo al señor Dalí, sinceramente... Soy incapaz.


Víctor M. Amela - Barcelona

Editor: Hernando Albornoz. Editado en Buenos Aires, República Argentina. Las notas firmadas no necesariamente reflejan la opinión del editor. Prohibida su reproducción total o parcial (Ley 17.319)

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