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Una
mujer africana
que piensa en categorías globales

La
designación del Premio Nobel de la Paz 2004 coronó
tres décadas de lucha ecológica de una mujer
africana que piensa en categorías globales y que ha
quebrado lanzas igualmente por la libertad y la democracia
en Kenia.
Por segundo año consecutivo, el máximo galardón
Nobel recae en una mujer. Tras la iraní Shirin Ebadi,
lo recibe ahora la bióloga keniana Wangari Maathai,
conocida en África, desde la década del 70,
como “madre de la defensa del ambiente”.
También en Europa y Estados Unidos se la considera
desde hace mucho tiempo como una valiente luchadora por la
causa de la democracia y la ecología. “Desde
nuestro punto de vista, la paz implica también los
derechos humanos, el derecho a la libre expresión y
la democracia”, señaló el presidente del
Comité del Premio, Ole Danboldt Mjös. Fundamentó
la elección de la activista africana señalando:
“Esta vez hemos ido un poco más allá,
ampliando el concepto al tema del ambiente. Opinamos que un
buen entorno vital es absolutamente necesario para lograr
paz en la tierra.”
El movimiento Green Belt
(Cinturón verde), fundado en la década
del 70 para poner límite a la deforestación
de toda una región, se desarrolló hasta convertirse
en un modelo en materia de reforestación, defensa del
ambiente, emancipación femenina y desobediencia civil.
Las confrontaciones con Daniel Arap Moi, quien por ese entonces
emergía como dictador de Kenia, marcaron la vida de
la primera científica keniana en obtener tan alto reconocimiento
internacional y de toda esa región del este de África.
Inclaudicable en sus postulados y versada en retórica,
Wangari Maathai logró entusiasmar tanto a los estudiantes
y académicos del ámbito universitario como a
la población rural, especialmente afectada por la tala
de los bosques.
Gracias a sus conocimientos en el campo científico,
su empuje libertario y su carisma, la premiada logró
crear una red que aglutinó tanto a ricos como a pobres,
a gente ilustrada como a iletrados, convirtiéndose
en un movimiento al que ni siquiera Arap Moi y su partido
lograron hacer mella. En la década del 90, Wangari
Maathai y sus seguidores se enfrentaron pacíficamente
a los especuladores inmobiliarios ligados al gobierno y lograron
defender el parque de Uhuru, el pulmón de la gigantesca
ciudad de Nairobi, munidos sólo de la fuerza de sus
ideas. Son imágenes que en su día dieron la
vuelta al mundo y que surtieron efecto, también en
el plano interno.
Wangari salió magullada pero, en definitiva, fortalecida
e incólume de las innumerables confrontaciones con
la dictadura. Su valor y resistencia de largo aliento contribuyeron
en forma sustancial a forjar una corriente de base en la sociedad
civil keniana que, a la larga, tendrá repercusiones
en todo el continente africano. Su batalla en defensa por
la preservación de la naturaleza, la libertad y la
emancipación de las mujeres de su pueblo merece el
máximo reconocimiento.
DW
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