Por Julián Varsavsky
Los Esteros del Iberá es un gran ecosistema de 13.000
kilómetros cuadrados que encierra un entramado de ríos,
arroyos, lagunas y esteros casi vírgenes de presencia
humana, donde habitan 44 especies de mamíferos, 300
clases de aves, 35 de anfibios, 40 de reptiles y al menos
80 de peces. Esto convierte al lugar en una de las áreas
biológicas con mayor diversidad del continente, ya
que es el segundo humedal en importancia después del
Pantanal brasileño.
Por esta razón la comunidad científica internacional
y las organizaciones ecologistas procuran la conservación
de esta área que ocupa el 14 por ciento de la provincia
argentina de Corrientes y que permanece inundada la mayor
parte del año, convertida así una fuente casi
inagotable de vida salvaje. En enero de 1992 recibió
la protección internacional que da la declaración
de Sitio Ramsar.
El origen de la depresión
Los Esteros del Iberá comenzaron a formarse hace unos
60.000 años cuando el entonces más caudaloso
río Paraná caracoleaba indeciso por la zona,
abriéndose en incontables brazos que más adelante
se volvían a unir terminando por conformar un delta.
El proceso fue constante hasta que hace 8.000 años
el Paraná optó por retirarse de manera definitiva
hacia otro sector y quedó en su lugar una gran depresión
del terreno que conforma una hoyada que cubre 65 veces el
tamaño de la ciudad de Buenos Aires.

Allí adentro se acumula agua de lluvia con una profundidad
de apenas dos o tres metros. Una gran masa vegetal también
ayuda a retener el agua que llena este gran depósito
y se desagota muy lentamente por el estrecho canal del río
Corriente, que más adelante se une al Paraná.
Apenas un cuarto de las aguas se va por esa vía, y
el resto se acumula y se recambia por evaporación.
De esta forma los esteros funcionan como una verdadera represa
que regula muy eficientemente sus niveles de agua.
En este contexto se forman los bañados –acumulaciones
de agua temporarias típicas de la época de lluvias-,
y los esteros, que son depósitos de agua permanentes
que permanecen estancadas en un mismo lugar con muy poca profundidad.
Los esteros suelen albergar algunas isletas y están
rodeados de pajonales y formaciones flotantes como los embalsados
y los camalotales.
Los embalsados
Una caminata sobre un embalsado es una de las experiencias
más curiosas de un viaje a los Esteros del Iberá.
Esta formación está compuesta por un complejo
entretejido vegetal originado de una acumulación de
camalotes sobre los cuales el viento van depositando grandes
cantidades de polvo. Suelen nacer pegados a la costa, y sobre
su superficie crecen toda clase de pastizales como la totora
y el pehuajó, e incluso árboles pequeños
como el ceibo y el laurel.
Durante el paseo en un viajero observador se dará cuenta
de que la costa se mueve. Por momentos el movimiento del agua
hace que se desprendan segmentos de embalsado formando verdaderas
isletas flotantes que navegan a merced del viento y la corriente.
Encima de los embalsados viven normalmente los ciervos, que
aquí encuentran seguridad y se sienten cómodos
para partir cuando lo deseen ya que son excelentes nadadores.
Pero toda clase de fauna hace pié aquí, en especial
las garzas y numerosas aves.
Cuando llega el momento de desembarcar y caminar un poco sobre
los embalsados de la costa, reina al principio cierta desconfianza;
algunos tienen miedo de apoyar los pies sobre una acumulación
flotante de tierra y vegetales. Ante cada paso parece que
la tierra se hunde un poco, como si pisáramos un colchón
vegetal. Y al saltar el suelo vibra fuertemente a nuestro
alrededor. Sin embargo nadie se hunde y la sensación
es la de pisar un suelo consistente pero esponjoso. No es
tierra firme pero lo parece: es tierra que flota.
La fauna en peligro
Debido a su aislamiento geográfico y sus amplias dimensiones,
los esteros sufrieron durante la mayor parte de la segunda
mitad del siglo XX un feroz ataque de los cazadores furtivos,
que terminaron ocasionando la desaparición de algunas
especies emblemáticas como el guacamayo azul y el temido
yaguareté. Otras como el ciervo de los pantanos, el
venado de las pampas, el lobito de río y el aguará
guazú o lobo de crin, quedaron al borde de la extinción.
La caza era llevada a cabo los llamados “marisqueros”,
pobladores de la zona que se internaban semanas enteras en
los pantanos y utilizaban trampas muy primitivas para atrapar
ciervos y carpinchos –muy
buscados por su carne-, mientras que los yacarés
y las boas curiyú era capturados por sus pieles.
Resultado de desinteligencias
políticas Esteros del Iberá
nunca fue declarado “Parque Nacional”. La primera
protección llegó en 1983 cuando la provincia
de Corrientes la declaró Reserva Provincial. Sin embargo
la situación no mejoró demasiado ya que no se
asignaron recursos ni infraestructura suficientes para controlar
un área tan grande, así que la caza continuó
de manera constante.
Recién en 1990 las áreas principales comienzan
a ser realmente protegidas y la caza fue eliminada casi por
completo con la ayuda de un plan que convirtió a los
históricos cazadores de la zona en guardaparques que
reciben ahora un sueldo por hacer exactamente lo contrario
de lo que hacían antes.
Una de las especies más simpáticas que aparecen
a cada rato durante un paseo en lancha por los esteros es
el sociable carpincho, que ignora olímpicamente al
ser humano, hasta casi dejarse tocar. Su piel sigue siendo
muy buscada para hacer carteras y abrigos, pero con la prohibición
de la caza las comunidades de carpinchos se han recuperado
muy bien en los esteros. Se los suele ver en grupos familiares
completos –con las
crías alrededor-, y también nadando
con el hocico fuera del agua. Tienen el hocico, los ojos y
los oídos en la misma línea sobre la parte superior
de la cabeza, una adaptación para nadar con el cuerpo
sumergido.
Estos enormes roedores llegan a pesar hasta 60 Kg., viven
cerca del agua porque allí buscan refugio ante la aparición
de algún predador y son capaces de bucear.
La presencia más impactante de los esteros es sin dudas
la del yacaré, no sólo por su aspecto feroz
sino por su enorme proliferación; durante dos días
de excursión se pueden llegar a avistar centenares
de ellos, algunos a menos de un metro de distancia. Si bien
llegaron a estar al borde de la extinción, la prohibición
de la caza resultó efectiva gracias a su alto nivel
de reproductividad; viven entre 80 y 90 años y una
nidada puede producir hasta 60 crías.
La aparición más fugaz, estilizada y mágica,
que disfrutan casi todos los visitantes, es la de alguna de
las tres clases de cérvidos que habitan en la zona.
Puede ser una huidiza corzuela parda –el
más pequeño de estos ciervos-,
que suele aparecer en los atardeceres, por lo general junto
al Centro de Interpretación de los guardaparques. El
otro es el venado de las pampas, cuya población está
seriamente reducida en todo el país. Y por último,
que es el ciervo de los pantanos -el más
frecuente y el mayor de Sudamérica-,
que alcanza 1,20 metros de altura.
Un ejemplar característico de Iberá
–no tan común de encontrar-, es
la boa curiyú, de color amarillo con manchas negro
azuladas. Es el ofidio más grande de la Argentina,
alcanzando los cuatro metros de longitud. Pero un espectáculo
aparte y constante es la ruidosa presencia de las aves.
Sobresalen en primer lugar los chajaes, que acostumbran a
posarse en actitud vigilante en la rama más alta de
algún árbol seco. Una de las aves más
vistosas es el cuturí, que tiene alas negras con una
franja verde fosforescente en la parte inferior. Entre las
multitudes de camalotes color lila suele andar a los saltos
el gallito de río, siempre mirando al suelo y picoteando
insectos con su pico exageradamente largo. Y entre los que
tienen nombres más poéticos –en
última instancia sólo un experto puede identificar
tal cantidad de especies-, están las espátulas
rosadas, las cigüeñas yabiyú, los barrilleros
negros, los dragones y los capuchinos.
la riqueza vegetal
La razón principal de la riqueza faunística
y vegetal de los Esteros del Iberá es su singular ubicación
geográfica.
Desde el punto de vista fitogeográfico, existen tres
provincias botánicas que abrazan el sistema de Iberá:
el espinal desde el sur –con
sus palmares de Ñandubay-, el Chaco Oriental
por el oeste –con sus quebrachales, algarrobales
y sabanas-, y la provincia paranaense por el
norte, con sus selvas mixtas que son un preludio de la vegetación
misionera más exuberante.
Sobre la superficie de las aguas viven los irupés (nenúfares),
los camalotes --que se reproducen por millones--,
los repollitos de agua, las lentejas, los lirios y los jacintos.
Y encima de los embalsados y los pajonales hay pequeños
árboles como el sarandí y en las islas y las
costas suelen haber ombúes, jacarandaes, lapachos y
timboes, ese gigante de la selva misionera que alcanza grandes
alturas y que en la zona norte de los esteros crece en medio
de pequeños bolsones de selva subtropical.
La amenaza de la represa de Yacyretá
Entre los años 1989 y 1990 todo el sistema acuático
de Iberá sufrió un repentino elevamiento de
su nivel de agua -que aumentó
unos de 80 centímetros-, inundando sectores
de tierra firme. Según la opinión de los científicos
no existió ningún fenómeno natural que
explique semejante cambio, que para un ecosistema es una distorsión
que rompe un equilibrio que ha llevado miles de años
en constituirse, perjudicando así a montones de especies
y de alguna manera a la totalidad.
Este incremento coincidió justo con el desvío
a que fue sometido el río Paraná para su represamiento
parcial en el complejo hidroeléctrico de Yacyretá.
El resultado casi evidente sería que se produjo un
trasvasamiento subterráneo de las aguas del embalse
de la represa -que está
a unos centenares de metros de Iberá-
hacia los esteros. Pero lo más preocupante es que los
gobiernos de la Argentina y el Paraguay han hecho un llamado
a licitación para las obras de elevación del
nivel de líquido que retiene la represa, de los actuales
76 metros a los 83 metros sobre el
nivel del mar.
La decisión ha causado una fuerte denuncia de todas
las organizaciones ecologistas que se oponen a que se eleve
aun más la cota de 76 metros, ya que esto traería
demasiados trastornos ambientales a una zona muy valiosa que
ya ha sido afectada por diversos factores, entre ellos la
represa de Yacyretá.
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